Fotogalería Héroe Trágico

El hombre, capaz de soportarlo todo, lo de hoy, lo de ayer, lo de mañana. Sólo la muerte no ha conseguido evitar por más que se defienda de las enfermedades; el hombre que posee hasta límites extremos poderes y recursos; hoy los emplea bien, mañana mal y transgrede las leyes de la patria y el sagrado juramento de los dioses. (Primer estásimo. Antígona)

Atenea.- Viendo tales cosas, nunca digas tú mismo una palabra arrogante contra los dioses, ni te vanaglories si estás por encima de alguien o por la fuerza de tu brazo o por la importancia de tus riquezas. Que un solo día abate y, otra vez, eleva todas las cosas de los hombres.

Ayax.- La que me ha de matar está clavada por donde más cortante podrá ser...¡Oh luz, oh suelo sagrado de mi tierra de Salamina!¡oh sede paterna de mi hogar, ilustre Atenas y raza familiar!¡oh fuentes y ríos de aquí, llanura troyana!, a vosotros os hablo y os digo adiós ¡oh vosotros que habéis sido alimento para mí! Esta palabra es al última que os dirijo, las demás se las diré a los de abajo en el Hades.

Deyanira.- Ha sucedido un prodigio tal que, si os lo digo, mujeres, no espero que lo entendáis: aquello con lo que hace poco unté el blanco manto de gala – un vellón de una oveja de hermosa lana- ha desaparecido, no destruido por ninguno de los de dentro de la casa, sino que se desvaneció consumido por sí mismo... Si Heracles sufre desgracia, con el mismo golpe moriré yo también con él, pues no es soportable que viva con mala reputación quien estima no haber nacido con malos sentimientos.

Nodriza.- Deyanira ha recorrido el último de todos los viajes sin mover los pies...Se descubrió todo el costado y el brazo izquierdo. Yo me echo a correr todo lo que me permiten las fuerzas y le informo a su hijo de lo que ella está planeando. Nos precipitamos de allí a aquí y vemos que, con una espada de doble filo, se ha herido en el costado, bajo el corazón...Si alguien hace cálculos para dos o aun para más días, es insensato. Pues no hay mañana hasta que se acaba con bien el día presente.

Creonte.- Las voluntades en exceso obstinadas son las que primero caen, y que es el más fuerte hierro, templado al fuego y muy duro el que más veces podrás ver que se rompe y se hace añicos.

Antígona.- ¡Oh tumba, oh cámara nupcial, oh subterránea morada! Viva me llevan a la cueva de Aqueronte... Sin lecho nupcial, sin canto de bodas, sin himeneo, sin haber tomado parte en el matrimonio ni en la crianza de los hijos. ¿Qué derecho de los dioses he transgredido?¿A quién de los aliados me es posible llamar? ¿Y todo por qué? Por haber respetado la piedad.

Edipo.- ¡Ah, Citerón! ¿Por qué me acogiste? ¿Por qué cuando me tenías no me mataste? Así jamás hubiera revelado mi origen a los hombres. ¡Ay, tres caminos, soto escondido, encrucijada estrecha! Vosotros bebisteis la propia sangre mía que mis manos vertieron, la de mi padre. Bodas que me habéis hecho nacer y, nacido, habéis suscitado por segunda vez la misma simiente, mostrando padres, hermanos e hijos entre sí, todos del mismo linaje, y una novia esposa y madre a la vez.

Pedagogo.- No sé como contarte unas pocas hazañas y victorias entre las muchas realizadas por semejante hombre, pero entérate de una sola cosa: de cuantas pruebas hicieron proclamar los jueces se llevó los premios de la victoria. Se le consideró dichoso cuando fue celebrado como argivo y como Orestes – su nombre- hijo de Agamenón el que en otro tiempo reuniera el famoso ejército de la Hélade. Pero cuando alguno de los dioses se propone hacer daño, ni aun siendo fuerte se puede uno librar.

Electra.- ¡Oh recuerdo que me queda de la vida de Orestes, el más querido para mí de los hombres!...Pero ahora has perecido de mala manera, fuera de casa. Y yo, infortunada, ni con manos amorosas te he preparado con abluciones, ni he recibido del fuego, la desdichada carga incandescente y habiendo sido atendido por manos extrañas me llegas como un peso insignificante en pequeña vasija.

Filoctetes.- Yo soy aquel de quien, tal vez, hayáis oído decir que es dueño de las armas de Heracles, Filoctetes, el hijo de Peante, al que los caudillos y el rey de los cefalonios abandonaron vergonzosamente, indefenso, cuando me consumía por cruel enfermedad, atacado por sangrienta mordedura de una víbora matadora de hombres...Ningún marinero se acerca a esta isla por su gusto, porque no hay ningún puerto ni lugar donde, al atracar, se pueda obtener una ganancia o recibir hospitalidad. Y yo me consumo, miserable, desde hace diez años ya, entre hambre y sufrimientos, alimentando esta enfermedad que nunca se sacia.

Edipo.- Porque cuando tú, miserable, tenías el cetro y el trono que ahora posee tu hermano en Tebas, me expulsaste y me desterraste, poniéndome encima estos andrajos que ahora tanto te hacen llorar...Vete en mala hora después de haberme oído y anuncia a todos los cadmeos y a tus fieles aliados los dones que Edipo reparte entre sus hijos.

Polinices.- Hermanas mías, hijas de Edipo; ya habéis escuchado sus crueles maldiciones; os pido por los dioses que, si se cumplen, como es deseo de mi padre, y regresáis al hogar, no permitáis al menos mi deshonra; dadme sepultura y funerales.

La vejez, la terrible y aborrecible vejez que te aleja de la ciudad y de los amigos y con las que conviven sin excepción todas las desgracias, los peores males. (Tercer estásimo. Edipo en Colono)
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